Bad Bunny y el espejismo cultural de nuestra época

Autor: P Gabriel Maria Abascal
En los últimos días, Bad Bunny ha sido presentado por numerosos medios como símbolo de identidad latina y de resistencia cultural, a raíz de su participación en el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl LX. Para nadie fue un secreto que, en el trasfondo, el mensaje apuntaba a una crítica velada a las políticas migratorias del actual gobierno de los Estados Unidos. Un show de alto impacto emocional, cargado de gestos identitarios y mensajes implícitos sobre migración y unidad, ha bastado para que muchos comunicadores lo eleven al rango de referente cultural y moral de toda una generación. El fenómeno no es menor y merece una reflexión seria y serena: no tanto sobre el artista en sí, sino sobre el tipo de cultura y de valores que hoy estamos dispuestos a aplaudir y consagrar públicamente.
La cultura no es una coreografía, ni una emoción compartida en un estadio o en una transmisión masiva solo porque un reguetonero mencionó los países de un continente. La cultura es una visión de Dios, del hombre, del bien y del mal, del amor, del trabajo y del sentido de la vida. Promover valores no consiste en apelar a sentimientos colectivos ni en activar indignaciones ideológicas, sino en ofrecer criterios estables que ayuden a las personas -especialmente a los jóvenes- a vivir mejor y a asumir con mayor verdad y responsabilidad sus vidas.
El problema no es que un pseudomúsico denuncie injusticias sociales o utilice símbolos históricos. El problema aparece cuando esos gestos pretenden compensar -o incluso encubrir- un contenido que, consumido de forma masiva, normaliza y promueve la vulgaridad, la cosificación de la mujer, el sexo sin responsabilidad, el placer y la gratificación inmediata convertidos en el eje de la existencia, junto con una emocionalidad desbordada, pero sin horizonte.
Aquí aparece una contradicción que conviene recordar a quienes hoy, desde los medios, celebran a un nuevo referente de la cultura y de la libertad: Bad Bunny se presenta como liberador cuando, en realidad, refuerza muchas de las cadenas interiores del hombre moderno. No estamos ante un pensador, un intelectual, un académico ni alguien que haya elaborado una propuesta antropológica consistente y articulada, ni mucho menos ante un ejemplo de vida... Se trata, sencillamente, de un intérprete musical. Y, sin embargo, se le concede el estatus de guía cultural. ¿Por qué? Porque hemos confundido viralidad con verdad y emoción con sentido.
Este fenómeno no es aislado. Responde a un proceso histórico más amplio. Durante siglos, Dios ocupó el centro de la cultura occidental; después, el hombre; luego, la razón; más tarde, la ciencia. Hoy, todo eso ha sido desplazado. El centro ya no es Dios, ni el humanismo, ni la verdad, ni la razón, ni la realidad. Hoy el centro del mundo occidental lo ocupan los sentimientos y, si no ponemos un freno, pronto lo ocuparán los instintos. Lo que se siente, lo que se goza, lo que excita, lo que produce placer inmediato empieza a convertirse en el eje rector de nuestro modo de juzgar y de actuar. Hemos pasado de una cultura del sentido a una cultura de la sensación y de experiencias sin propuesta. El problema ya no es -como quedó de manifiesto incluso en el espectáculo del medio tiempo del Super Bowl- si lo que recibimos es verdadero, sino simplemente cómo nos hace sentir. Los sentimientos, desligados de la verdad, comienzan así a dictar nuestro modo de pensar y de vivir.
En ese contexto, figuras como Bad Bunny reflejan y amplifican el pensamiento débil, una expresión que describe, con inquietante precisión, la cultura en la que vivimos.
La verdadera cultura no necesita gritar ni provocar constantemente. Educa, eleva, incomoda incluso, porque llama al hombre a algo más grande que sí mismo. Los valores auténticos no se improvisan en un escenario ni se validan por aplausos o por likes, sino por su capacidad de generar vidas más plenas, relaciones más sanas y comunidades más humanas.
Tal vez la pregunta de fondo no sea por qué ciertos artistas son idolatrados, sino por qué nuestra sociedad necesita ídolos tan pobres. Cuando el vacío se disfraza de emoción y la superficialidad se vende como libertad, no estamos avanzando: estamos retrocediendo, aunque el ritmo sea pegajoso y el espectáculo nos deslumbre.
Comentarios (0)
Comparte tu opinión sobre este artículo
Sé el primero en comentar este artículo




