El caso Lindsay Clancy: el feminismo vs el feminismo

Autor: P Gabriel Maria Abascal
Cora tenía cinco años, Dawson tres y Callan apenas ocho meses. Su propia madre los estranguló uno por uno, en el sótano de su casa en Massachusetts, y enseguida intentó quitarse la vida sin lograrlo. La defensa alegó psicosis posparto y sostuvo que en ese momento ella no era dueña de sus actos. El pasado 4 de septiembre, después de siete semanas de juicio y de siete días de deliberación, el jurado no logró ponerse de acuerdo y el juez tuvo que anular el proceso. Once de los doce jurados ya estaban listos para declararla no responsable. Uno solo se opuso, y gracias a ese hombre el caso sigue abierto.
Antes de entrar en el fondo del asunto conviene aclarar algo, porque en redes se está diciendo mucha tontería: Lindsay Clancy no va a salir libre. Lleva más de tres años internada en un hospital psiquiátrico y ahí se va a quedar pase lo que pase, porque incluso una absolución permite al juez ordenar su internamiento. Lo que se está peleando en ese tribunal no es su libertad. Lo que se está peleando es el nombre que le vamos a poner a lo que hizo. Y ese nombre, querido lector, importa muchísimo más de lo que te imaginas. En este caso, siento que todos nos estamos jugando mucho.
Declarar a una persona inimputable no es un tecnicismo jurídico ni una piadosa manera de suavizar una condena. Es afirmar que esa persona no fue dueña de sus actos; que no actuó ella, sino su cuerpo a través de ella; que su voluntad no alcanzaba a gobernar su química. Esto es lo que a mí me enciende todas las alarmas, porque ese argumento no es nuevo en absoluto. Es exactamente el mismo con el que durante siglos se le negó a la mujer el voto, la firma, la propiedad y hasta el derecho a declarar en un tribunal. Nadie las excluyó nunca diciéndoles que fueran malas. Las excluyeron diciéndoles que eran inestables, que estaban gobernadas por una fisiología que su razón no controlaba y que su naturaleza las hacía poco confiables para las decisiones serias. A eso lo llamaron histeria: un supuesto desorden nervioso que venía del útero y que explicaba, según ellos, la ambición de una mujer, su deseo o su simple desacuerdo. Y no era un insulto, era un diagnóstico. Ahí estaba toda su fuerza, porque nadie discute con quien dice estar protegiéndolo. Durante siglos bastó con eso para mantenerlas al margen de las decisiones importantes, no como castigo, sino como cuidado.
Pues bien, hoy vemos a miles de mujeres repitiendo en redes sociales, con toda la buena intención del mundo, una frase que a mi modo de ver es lo más grave de todo este asunto: "cualquiera de nosotras podría ser Lindsay". Suena muy compasivo y suena a solidaridad, a sororidad, e incluso a valentía. Pero lo que esa frase está diciendo es que la maternidad puede dejar a cualquier mujer a un paso de matar a sus hijos, que ninguna es del todo confiable con un bebé en brazos, y que el cansancio y las hormonas pueden dejar a una madre muy rota por dentro. Nadie tuvo que decirlo desde el machismo. Lo están diciendo ellas mismas y encima creyendo que están defendiendo una causa.
Lo peor es que no es verdad: millones de mujeres en el mundo atraviesan depresión, ansiedad y agotamiento después de un parto, y jamás en su vida les tocan un pelo a sus hijos. Meter en el mismo costal ese cansancio real y el estrangulamiento de tres niños ofende profundamente a las madres sanas, que son la inmensa mayoría, y de paso les hace un daño enorme a las que sí están verdaderamente enfermas, porque lo que ellas necesitan es que se les tome en serio y se les atienda a tiempo, no que se les mire con miedo cuando cargan a su bebé. La compasión mal dirigida siempre acaba lastimando a alguien, y en este caso está lastimando justo a quienes dicen querer proteger.
El fondo de lo que quiero decir es que la lucha feminista, esa que corrigió siglos de injusticia real y que se levantó para decir que las mujeres son personas con exactamente los mismos derechos que los hombres, hoy retrocede pidiendo para la mujer una excepción que ningún hombre se atrevería a pedir para sí. Quien pide que una mujer no responda por lo que hizo está diciendo, sin darse cuenta, que las mujeres no responden. El feminismo no puede pretender defender a una mujer diciendo que así defiende a todas las mujeres.
Seamos compasivos con Lindsay desde una postura cristiana en la que queremos entender sus circunstancias: una madre que atravesaba un sufrimiento tremendo. Es lo que yo quiero creer y genuinamente me puedo imaginar el infierno por el que debe estar pasando esta pobre mujer. Pero de ahí, a estar de acuerdo en que miles de mujeres en redes sociales digan "cualquiera de nosotras podría ser Lindsay", hay un abismo de diferencia.
Se llamaban Cora, Dawson y Callan, y sus nombres ya casi se perdieron detrás de expresiones como "tragedia familiar" y "falla del sistema". Pero el daño más largo de este caso, y con esto termino, no va a caer sobre esos tres niños que ya no están. Va a caer sobre las mujeres, y sobre las hijas de las mujeres que hoy están defendiendo esta causa en las redes sociales.
Porque el precedente ya quedó sentado no en un expediente judicial sino en donde de verdad impacta: en la mente de la gente. Quedó instalada la idea de que una mujer, bajo ciertas condiciones, deja de ser dueña de sí misma. Y esas ideas nunca se quedan quietas; siempre hay alguien que termina usándolas. Se van a usar el día que a alguien le convenga decir que una madre no está para cierto puesto, para cierta decisión o para cierta responsabilidad. Y ese alguien no va a sacar el argumento de un panfleto machista de hace cien años, que ya nadie se atrevería a citar. Lo van a sacar de aquí. De un juicio del año 2026, de once jurados que estuvieron a punto de declararla no responsable, y de miles de mujeres que salieron a decir públicamente que cualquiera de ellas pudo haber hecho exactamente lo mismo.
Ese día no va a servir de nada contestar que era mentira. La firma ya está puesta, y la pusieron ellas: las mujeres que estuvieron ahí no por Lindsay, sino para ganar una "batalla" para el feminismo... que en realidad están perdiendo.
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