El Mundial, Eduardo Feinmann y la euforia colectiva

Por: P Gabriel María Abascal LC
Ganamos unos partidos de futbol y el país se detuvo a celebrarlo como si hubiera cambiado de destino de todas las familias mexicanas. Luego perdimos, como casi siempre terminamos perdiendo, y la fiesta se apagó con la misma velocidad con la que había empezado. No escribo esto para hablar de futbol. Escribo para hablar de lo que algunos sucesos de estos últimos días han dicho más de nosotros que de los sucesos mismos.
Van a decir que soy un aguafiestas, pero lo primero que me salta a la vista es la euforia con la que México celebró el ganar 4 partidos. Y no, no estoy en desacuerdo con celebrar, solo quiero apuntar, para suscitar la reflexión, la desproporción de la celebración. Porque alguien tiene que decirlo: ganar un puñado de partidos no resuelve una sola tragedia, no saca a nadie de la pobreza, no le devuelve a ninguna madre a su hijo desaparecido, no nos saca de la ignorancia, no nos convierte en un país pacífico y seguro. Y sin embargo, durante esos días, nos comportamos como si al fin hubiéramos alcanzado la estatura de potencia que llevamos generaciones esperando. Cuando la reacción le queda tan grande al hecho que la provoca, conviene desconfiar de la reacción. Ese sobrante de euforia no lo puso el marcador. Lo pusimos nosotros, porque necesitábamos con urgencia algún motivo, el que fuera, para sentir que no todo está perdido.
Esa misma desproporción volvió a asomarse días después, pero ahora desde el otro lado: un comentarista argentino, Eduardo Feinmann, dijo en su programa que detestaba a los mexicanos. Ni siquiera habló de nuestra economía o de nuestra seguridad: habló desde el futbol. Muy desafortunada su opinión por cierto, pero eso bastó para que el país entero se levantara a responderle, con tal fuerza que hasta la presidente le dedicó un mensaje en su mañanera desde Palacio Nacional. Como si un hombre con micrófono en un estudio de Buenos Aires tuviera algún poder real sobre quiénes somos. Y no, definitivamente no lo tiene. Tiene derecho a "detestarnos", como nosotros tenemos derecho a que su opinión nos importe lo mismo que el clima en Buenos Aires. Y sin embargo, ahí estaba México entero, casi levantándose en armas contra el “extraño enemigo”, con una energía que jamás hemos reunido para exigirle cuentas a un diputado o a un senador, ni para negarnos a dar una mordida, ni para denunciar las injusticias que sí vemos todos los días. Contra quien no puede hacernos nada, sacamos el carácter de una nación entera, y contra lo que sí nos destruye, no somos capaces de ser esos “soldados que el Cielo en cada hijo nos dio”.
Ahí está, me parece, el diagnóstico completo: somos un pueblo con el temperamento de un adolescente. Y lo digo sin desprecio, porque la adolescencia no es una falla de carácter sino una etapa —el problema es quedarse en ella. El adolescente puede arrastrar la peor semana de su vida, con una familia disfuncional, los papás peleados, pésimas calificaciones, con un futuro incierto, y basta con anotar un gol en la cascarita del parque de su colonia para sentirse, esa noche, el Cristiano Ronaldo de la cuadra y el rey del mundo entero. No porque su vida haya cambiado, sino porque su identidad se sostiene en la última buena noticia…
Eso hicimos nosotros. No es que hayamos olvidado, en sentido literal, que hay desaparecidos, inseguridad, pobreza, violencia, un narcogobierno, territorios donde manda el crimen, políticos que prometen en campaña y se olvidan en el cargo, una corrupción rampante y una ignorancia generalizada gracias a nuestro sistema educativo de nivel primaria. Nadie olvida eso de verdad. Lo que hicimos fue ponerlo en pausa el tiempo justo para no tener que sentirlo. Y ahí no está la falta —también necesitamos tregua, descanso y festejos—, sino en que haya sido un partido de futbol, y no una convicción propia, lo único capaz de hacernos sentir victoriosos. Somos, en el fondo, el país del "ahorita", del "ya merito", del "sí se puede" y del “y si sí” que nunca termina de ser sí: media tabla en desarrollo, media tabla en instituciones, media baja tabla en educación y media tabla en la cancha hasta este mundial, y media tabla, con frecuencia, en la propia estima colectiva. No es que nos falte orgullo. Es que llevamos tanto tiempo defendiéndonos de la vergüenza y reprimidos emocionalmente sin ninguna buena noticia que celebrar, que cualquier motivo real para el orgullo se vive con una intensidad que no corresponde a su tamaño.
Si de verdad queremos ser una nación ganadora, el balón que hay que disputar no es el que rueda en una cancha, sino el que hoy manejan la delincuencia, la inseguridad, la injusticia, la corrupción y la falta de educación de la que nadie se preocupa en este país. Esos son los verdaderos contrincantes. Esos son los verdaderos enemigos. Contra ellos deberíamos estar luchando todos los mexicanos en equipo. Ese balón no se recupera cantando el “Cielito lindo” en el Ángel de la Independencia, ni destrozando en redes a un comentarista extranjero. Se recupera con educación de verdad, con honestidad, con trabajo duro, con coherencia de vida, con ayudar a los más necesitados, con enseñar al que no sabe y con hacer las cosas bien aunque nadie nos vea. Nada de eso se festeja en una noche, ni tiene la cortesía de aplaudirnos de inmediato. Se construye en silencio, durante años, sin porras, sin euforia. Y en ese silencio está, exactamente, la diferencia entre un pueblo adolescente y un pueblo adulto: el primero necesita una victoria aunque sea en un deporte para saber que vale; el segundo sabe lo que vale aunque no haya festejo…
El Mundial ya terminó para México. La otra tarea —la única que de verdad decide si somos o no un país ganador— sigue exactamente donde la dejamos antes del primer partido.
Comentarios (0)
Comparte tu opinión sobre este artículo
Sé el primero en comentar este artículo




