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El perro seminarista y el fenómeno “therian”

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El perro seminarista y el fenómeno “therian”

Por: Gabriel María Abascal

Hace algunos meses, un hermano religioso en Roma comenzó a subir a sus redes sociales fotos y videos del perro pastor ovejero que los seminaristas habían adquirido para tenerlo en casa. Era un cachorro cuando llegó, apenas una bola de pelos torpe y simpática que corría por los jardines del seminario. Las imágenes, tengo que reconocerlo (aunque no soy muy de perros) eran bonitas: el perro jugando entre sotanas negras, acompañando a los hermanos, asomándose curioso a las puertas a donde no podía pasar, y hasta se echaba a los pies de la estatua de la Virgen María... La combinación era perfecta para el algoritmo: el perro pastor… ¡y seminarista!

El fenómeno creció rápido. El hermano ganó miles de seguidores. Algunos jóvenes escribían diciendo que querían viajar a Roma para conocer “al perro de los brothers”. Un canal de televisión pidió una entrevista. No para hablar de la vida consagrada. No para profundizar en la vocación. ¡Para conocer al bendito perro!

Pero el cachorro creció. Y, como buen pastor ovejero, empezó a comportarse como tal: territorial, vigilante, protector. Un día pasó lo que tenía que pasar: desconoció al sacerdote equivocado jaja... Al día siguiente, el perro se fue. Lo que quedó fue un problema: el perro se había hecho viral, y ahora sus seguidores seguían preguntando por él. Algunos parecían más interesados en el animal que en la persona que lo había presentado.

La anécdota es simpática. Pero no es trivial. Refleja algo más profundo de nuestra cultura.

El fenómeno de los llamados “therians” —jóvenes que se identifican simbólica o psicológicamente con un animal— ha ganado visibilidad en los últimos años, sobre todo en redes sociales. Para algunos es una manera de vestirse, una comunidad o un juego identitario; para otros, una forma profunda de autoexpresión. Lo primero que conviene hacer es describirlo sin caricaturas. No estamos hablando, en la mayoría de los casos, de adolescentes que creen biológicamente haberse transformado en un lobo o en un zorro. Se trata más bien de jóvenes que afirman “sentirse” o “ser en algún nivel” ese animal, que adoptan ciertos comportamientos simbólicos y que encuentran en esa identidad un sentido de pertenencia.

Reducir el fenómeno a “trastorno mental” sería intelectualmente pobre. Pero creo que trivializarlo como una simple moda, también sería ingenuo. Como casi todo lo humano, es un fenómeno complejo que exige varias capas de análisis.

En primer lugar, está el contexto cultural. Vivimos en una época en la que la humanización de las mascotas se ha intensificado de forma notable. En muchos países occidentales se habla ya de “familias multiespecie”; el término “perrhijo” no es marginal, sino habitual. En no pocos casos, parejas jóvenes optan por tener perros en lugar de hijos, y el lenguaje afectivo que se emplea con las mascotas es prácticamente idéntico al que antes se reservaba para los niños. El animal no es ya solo compañía: es “mi bebé”, “mi hijo”, y muchas veces, el centro emocional del hogar.

Este desplazamiento no es neutro. El adolescente que crece en un ambiente donde el perro recibe ternura constante, celebraciones de cumpleaños, ropa, atención incondicional y prioridad emocional, aprende algo sobre cómo funciona el afecto en su mundo. Aprende que hay una forma de ser —la del animal doméstico— que atrae cuidado, paciencia y cariño visible. No es descabellado pensar que, en algunos casos, la identificación con lo animal pueda ser una traducción simbólica de una necesidad: “si así quieres al perro, así quiéreme a mí”.

Ahora bien, esa no es la única variable. También influyen factores propios de la adolescencia: la búsqueda de identidad, la necesidad de pertenencia, el deseo de diferenciarse del mundo adulto y, al mismo tiempo, de encontrar una tribu. Las redes sociales amplifican cualquier identidad minoritaria y la convierten en comunidad global en cuestión de semanas. Lo que antes habría sido una rareza privada hoy encuentra validación, lenguaje y quizá algo de diversión.

A esto se suma un malestar generacional real. Ansiedad, soledad, fragmentación familiar, hiperexposición digital, y expectativas sociales y de belleza física elevadas. En ese contexto, lo humano puede sentirse demasiado exigente, demasiado juzgador. Lo animal, en cambio, aparece como más simple, más instintivo, menos sometido a evaluación moral constante. Identificarse con un animal puede convertirse en una forma de escapar de la presión de “ser humano” en un mundo competitivo y saturado de comparaciones.

Por eso sería un error plantear el fenómeno como una simple consecuencia mecánica de la cultura del “perrhijo”. No hay una línea causal directa y única. Hay una convergencia de factores: antropomorfización de las mascotas, déficit de vínculos profundos, cultura digital, fragilidad emocional y búsqueda de atención.

Sin embargo, aquí es legítimo plantear una pregunta incómoda: ¿qué mensaje reciben nuestros adolescentes cuando observan que los adultos dedican más entusiasmo afectivo a sus mascotas que a sus propios hijos? Cuando la foto del perro genera más celebración que la conversación con el adolescente; cuando el lenguaje de ternura se vuelca con facilidad sobre el animal pero se vuelve áspero o distante con la persona; cuando la paciencia infinita se reserva para la mascota y no para el hijo que atraviesa una crisis de identidad.

En algunos casos, el fenómeno “therian” puede ser simplemente moda. En otros, puede coexistir con situaciones psicológicas que requieren atención profesional. Pero en un número no despreciable de situaciones, puede ser una llamada indirecta de atención, una forma de decir “mírame”, “acéptame”, “cuídame”, “dame un lugar seguro”.

El riesgo no está en que existan adolescentes que jueguen con identidades simbólicas. El riesgo es que los adultos no se pregunten qué vacío está intentando llenarse. Cuando la persona deja de ocupar el centro y el animal se convierte en el receptor privilegiado de la ternura social, algo en la jerarquía afectiva se está desordenando y tenemos que tener cuidado.

No se trata de demonizar a las mascotas ni de negar el valor terapéutico y afectivo que pueden tener. Se trata de recordar que la dignidad y la centralidad corresponden a la persona. Así es, por más escandaloso que esto le pueda sonar a algunos: una sola persona es más valiosa que todos los animales del mundo.

El adolescente, por lo tanto, no necesita competir con el perro por cariño; necesita experimentar que su valor no depende de buscar una identidad llamativa para ser visto.

Si no recuperamos una cultura en la que la persona —con su fragilidad, su complejidad y su grandeza— vuelva a ser el centro del cuidado, corremos el riesgo de multiplicar fenómenos identitarios que, en el fondo, son síntomas de desorientación afectiva. No es una catástrofe inevitable, pero sí una señal de alarma. Antes de patologizar o ridiculizar, conviene preguntarnos qué mundo emocional estamos construyendo en el corazón de nuestros hijos. Si en ese mundo, nuestros hijos se sienten más queridos siendo “animal” que siendo simplemente humanos, algo definitivamente estamos haciendo mal.


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