La pausa del minuto 22

Autor: P Gabriel Maria Abascal
Estaba viendo un partido del Mundial el otro día cuando el árbitro paró el partido, no porque alguien se lesionara ni porque el balón hubiera salido, sino porque llegó el minuto 22 y la nueva regla de FIFA dice que hay que parar para que los jugadores tomen agua. Tres minutos, obligatorio, en todos los partidos del Mundial 2026, sin importar el clima ni la sede.
Uno lo ve y lo primero que piensa es en los anuncios de TV, y claro que sí, el negocio de la FIFA también está ahí (porque está en todas partes…) y no es ningún secreto. Pero lo que me tiene dándole vueltas no es el dinero de los patrocinadores sino el mensaje que esa pausa le manda al mundo, y en especial a ese chaval de diez años que está viendo el partido con su papá y que está absorbiendo algo en silencio, sin que nadie se lo explique.
El hombre moderno no está perdiendo la batalla por falta de fuerzas, sino porque le sobra comodidad. Porque aprendió a negociar con el esfuerzo en lugar de enfrentarlo. El modelo de hombre exitoso que nos vende la cultura es el que tiene mucho dinero, muchos lujos, muchos placeres y es dueño de su tiempo, y en ese modelo nadie habla de liderar algo difícil, de aguantar cuando duele ni de ser héroe en el sentido real de la palabra.
Ese hombre está en todas partes: está en la oficina cumpliendo de nueve a seis sin más ambición que el compromiso social del fin de semana, está en el matrimonio siendo un “nice guy” en lugar de liderar a su familia con amor y compromiso, y está también, con toda naturalidad, en la cancha del Mundial esperando que el árbitro le dé permiso de tomar agua.
Antes de que me digas que me estoy poniendo dramático, te concedo una cosa: el calor en algunas sedes es real, la salud importa, y ningún hombre de verdad muere de sed para demostrar que es recio, porque eso no sería hombría sino estupidez. Pero hay una diferencia enorme entre beber agua cuando el cuerpo lo necesita y construir un sistema que detiene los partidos del deporte más importante del mundo en este momento, para que el jugador no tenga que aguantar incomodidad en sus propios términos, sin que él lo pida, porque la FIFA ya lo decidió por él. Sumémosle la ruptura que genera en el ritmo del partido, que para mi gusto perjudica al buen futbol.
El libro de Job lo dice con una claridad que no he visto superada: "la vida del hombre es una batalla sobre la tierra." No dice que es una batalla con pausas programadas ni con intervalos de confort. Dice batalla, y esa palabra tiene un peso específico que se pierde exactamente cuando el árbitro saca el silbato en el minuto 22.
Estamos viendo generaciones enteras de jóvenes que crecen débiles, no porque no tengan músculos sino porque nadie les enseñó a llegar al límite y descubrir que tenían más. Débiles físicamente y débiles mentalmente, convencidos de que si algo duele es porque algo está mal y alguien tiene que resolverlo.
Y no los culpo del todo, porque eso es lo que aprendieron: que la pausa existe y que alguien, tarde o temprano, va a parar el partido… Y que si algo no sirve lo tiramos, no lo arreglamos.
No le echo toda la culpa a FIFA, porque FIFA hace lo que hacen las instituciones cuando la cultura cambia: se adapta. El problema no es la pausa de tres minutos; el problema es la civilización que la necesita y que la aplaude, una civilización que lleva décadas diciéndole al hombre que la comodidad es la meta, que el placer es el criterio y que la incomodidad es una injusticia que alguien debe corregir.
Lo que me importa en el fondo no es el partido ni el negocio detrás. Me importa ese chaval de diez años que está aprendiendo algo sobre lo que significa ser hombre, algo que nadie le explica con palabras pero que le entra directo por los ojos, y que va a determinar en su vida varias cosas: cómo enfrenta el trabajo que cuesta, cómo conlleva el matrimonio que exige y cómo se hace responsable de su vida y de la vida de los que dependerán de él. Y cómo va a enfrentar todas esas batallas en las que no va a haber árbitro que pare el juego ni pausa de hidratación…
La pasividad es totalmente contraria a lo que somos como hombres, no como imposición cultural sino como configuración de origen, como algo que Dios puso en el corazón del hombre cuando lo creó para conquistar, para luchar, para dar la vida. Y eso no se aprende en un partido que detiene el juego para hidratarse porque así lo decidió el reglamento; se aprende cuando ya no traes ganas, cuando el cansancio te está desgastando y, aun así, sigues. Porque es ahí, no en la comodidad, donde el hombre descubre de qué está hecho. Y eso no se recibe, se conquista.
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