La universidad en tiempos de la AI: menos información, más formación

Por: P Gabriel María Abascal LC
Hace poco un joven me contó algo que suscitó este artículo. Me dijo que había pagado un curso sobre finanzas que le costó una cantidad considerable de dinero. Lo tomó con interés, hizo las tareas y siguió el programa completo. Pero al terminar me dijo algo que me dejó pensando: "Padre, la verdad... lo que más me ayudó fue un curso que encontré en YouTube. Era más completo y explicaba mejor varias cosas".
Su comentario, sencillo pero honesto, refleja un cambio profundo que ya está transformando la educación.
Durante siglos la Universidad, que por cierto nace en el seno de la Iglesia Católica, para aquellos que suelen decir que la Iglesia es retrógrada, fue el lugar donde se custodiaba el conocimiento. A Salamanca, Oxford, Sorbona o Bologna, como muchas otras, los estudiantes acudían porque ahí estaban los libros, los profesores y el acceso al saber. Pero ese modelo está cambiando y tenemos que reconocer que el saber ya no se encuentra enclaustrado en los muros de una Universidad. Ahora, casi sin darnos cuenta, lo llevamos con nosotros la mayor parte del tiempo en un pequeño dispositivo: el celular.
Hoy vivimos en una época en la que el conocimiento es abundante. Cualquier estudiante puede acceder desde su tablet o teléfono a cursos completos de universidades como Harvard University o Massachusetts Institute of Technology gracias a plataformas abiertas como edX o Coursera. A esto se suma la irrupción de la inteligencia artificial, capaz de explicar textos complejos, sintetizar artículos académicos o ayudar a comprender teorías difíciles en cuestión de segundos. Hace unos días, yo mismo un sacerdote de 45 años formado en filosofía y teología pude hacer en 30 minutos una aplicación para llevar el control de uno de los cursos que hago en verano para los jóvenes de prepa.
Este fenómeno está transformando el valor tradicional de la educación superior.
Si el conocimiento ya no es escaso, entonces la Universidad deja de ser principalmente un lugar donde se accede a la información y al crecimiento académico. Su valor comienza a desplazarse hacia algo distinto: el entorno humano, las experiencias formativas y el "networking" que un alumno puede hacer durante esos años.
Diversos estudios han comenzado a confirmar esta intuición. El economista Raj Chetty, profesor en Harvard University y director del proyecto Opportunity Insights, ha investigado durante años la movilidad social en Estados Unidos. Sus análisis muestran que uno de los factores más determinantes para las oportunidades profesionales de una persona es el "capital social": las redes de relaciones que se construyen durante la juventud, especialmente en ciertos entornos educativos. No es casualidad que muchas maestrías en las Universidades más prestigiosas, no son tanto una experiencia académica, sino oportunidades para conectar con personas que en un futuro podrían influir en el desarrollo profesional del estudiante. Son verdaderos ecosistemas de relaciones donde los estudiantes conocen a quienes, con el tiempo, pueden convertirse en socios, colaboradores o líderes influyentes en sus respectivos campos.
En otras palabras, el valor de la Universidad empieza a cambiar: lo importante no es tanto lo que aprendes sino con quién estudias.
Por eso muchas instituciones de prestigio están cambiando el enfoque de sus programas. Universidades como Stanford University, Babson College o Minerva University han desarrollado modelos educativos donde el aprendizaje experiencial, los proyectos reales, la colaboración y la interacción entre estudiantes ocupan un lugar central.
En este contexto, la universidad funciona cada vez más como un ecosistema humano: un espacio donde se forman amistades duraderas, nacen proyectos empresariales, se descubren vocaciones prof profesionales y se construyen redes que acompañarán a las personas durante toda su vida.
Pero hay un aspecto todavía más profundo. Toda universidad transmite, de forma explícita o implícita, una determinada visión del hombre y de la sociedad. Cada campus respira una cierta antropología: ideas sobre la libertad, la verdad, la moral, la familia, la religión o el sentido de la vida.
Durante mucho tiempo estas diferencias culturales pasaban más desapercibidas porque el acceso al conocimiento dependía en gran medida de la institución. Hoy, cuando el contenido académico está disponible prácticamente en cualquier lugar, el ambiente intelectual y cultural de la universidad adquiere todavía más peso.
Por eso cada vez más padres de familia comienzan a hacerse una pregunta distinta. No olo qué carrera estudiará su hijo, sino con quién estudiará, en qué tipo de comunidad humana crecerá v qué ideas formarán su mente v su carácter.
La inteligencia artificial probablemente seguirá reduciendo el valor de la universidad como simple transmisora de información. Pero al mismo tiempo aumenta el valor de aquellas instituciones capaces de ofrecer algo que ninguna máquina puede sustituir: comunidad, amistades, experiencia compartida y formación de la persona. Ahí, en mi opinión, estará el gran diferenciador.
Paradójicamente, cuanto más avanza la tecnología, más importante se vuelve lo humano y el ambiente en donde se desarrolla.
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