México anestesiado con chocolate amargo.

Hace unos días todo México fue testigo de una tragedia más: una madre y sus tres hijas asesinadas en Sonora. Heridas por arma de fuego y en estado de descomposición, fueron encontradas en una carretera, abrazadas a un árbol en donde probablemente les fue arrebatada la vida. La noticia duró un día en los titulares de los principales medios de comunicación del país y quizá dos en las redes sociales. Y después… después: nada. Otra tragedia más al cementerio nacional de la indiferencia.
Ya estamos acostumbrados. Ya estamos curados de espanto. Ya nos hicimos expertos en convivir con la muerte, siempre y cuando no nos toque demasiado cerca.
Simultáneamente, en la Ciudad de México, un grupo de jóvenes protesta contra la gentrificación. Vienen de barrios de toda la vida que hoy están llenos de cafeterías minimalistas y departamentos para extranjeros que pagan en dólares. El enojo puedo ser válido (no estoy tan convencido…), pero también revela un síntoma profundo: nos preocupa más que suba la renta de un establecimiento, que la violencia a la que ya nos acostumbramos. Nos indigna más que los extranjeros nos “colonicen”, que el hecho de que nuestros jóvenes mexicanos porten armas y tengan como modelo a los narcos y a los pseudoartistas que cantan corridos tumbados. (seamos sensatos: hoy no hay otros modelos para los jóvenes).
Nadie educa en este país. A nadie le preocupa. Nadie, absolutamente nadie, hace un verdadero esfuerzo por unir voluntades y acabar con el verdadero problema de México: la ignorancia. En nuestro país impera la indiferencia y el egoísmo. Y así, obviamente, el asesinato de estas niñas nos vale, y perdónenme la expresión pero no encuentro otra: reverenda madre. Estuvimos muy indignados por 30 minutos... y luego, a lo que sigue.
Y mientras todo esto sucede, el gobierno federal presenta… un chocolate. “El chocolate del bienestar”. Con logo, discurso patriótico y promesa de justicia social envuelta en celofán. Un símbolo perfecto de cómo estamos: endulzando el dolor para que no duela tanto. Distrayendo la mirada de lo que realmente importa.
Esta es la radiografía de un México anestesiado. Violento, pero distraído. Herido, pero entretenido. Un gobierno que busca endulzar con “chocolates del bienestar” la violencia que solo tiene un remedio: la educación. Nos quieren convencer que lo importante está en lo económico, en los programas sociales y se llenan la boca diciendo: “primero los pobres”. Y los pobres siguen sufriendo porque les reparten dinero, y ahora chocolates…, en lugar de dedicarles tiempo, cariño y educación. En fin, siempre será más fácil medir el PIB que el alma de un pueblo.
Sin embargo, no se trata del PIB, ni de los programas sociales, ni de las casas coloniales de la Roma convertidas en hostales para gringos. Se trata de la persona. De su dignidad ignorada. De su formación olvidada. De su corazón no educado.
La crisis de México es, en el fondo, una crisis de humanidad. Y mientras no atendamos al ser humano, su educación, su cultura, su conciencia moral y su necesidad de sentido, seguiremos barriendo los cadáveres bajo la alfombra del bienestar, mientras vendemos chocolates para tranquilizar conciencias.
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